Lo siento Gaia;
Como un carnaval de colores, la materia incandescente de los sueños entró a formar parte de mi espíritu lejos de la vigilia. Adoraba sentir como mi cuerpo quedaba en un trance casi absoluto mientras yo salía de él. Todo alrededor parecía más nítido, más intensa su visión, más real. El bolso brillaba rojo a mi etéreos pies, los sueños los había echado a un lado y caminaba ahora sobre ellos, en mi propio mundo, diferente tras la experiencia del viaje astral. Debía apartarme enseguida del cuerpo para que el cordón plateado, aquel que nos une a todos a nuestra realidad física, no tirara de mí para volver a la rutina del dormir.
Surqué el pasillo de la casa, en el salón todavía yacía moribundo el caldero tapado del potaje de la cena, y el abanico seguía postrado en el sillón, entre los cojines, pidiendo oxígeno a vuelo de tela. Frente a mí, la ventana se abría de par en par revelando unas calles anchas empedradas, una vista solo más hermosa con esta sensación de vuelo en un cuerpo inexistente.
Abajo, más allá de las casas, más allá de la plaza del mercado cerrado en el manto nocturno, se abría paso un río, estrecho al principio, tímido de abrirse al mundo hasta no salir de la civilización. El cordón ya era fino, mi cuerpo no tiraría de mí. Era libre; no libre como un preso al que le dejan salir por fin de sus barrotes, porque tiene que trabajar, buscar su sustento; no libre como las personas en vacaciones, que siguen teniendo responsabilidades. La palabra libertad se ha limitado mucho en la civilización, tanto que ni los anarquistas son capaces de saber realmente qué es la libertad. Pero estaba claro lo que era, era eso. Volar sin cuerpo aparente sobre un mundo que es patético a la luz del sol, pero maravilloso en las entrañas de la noche y los colores de la realidad de los espíritus.
Seguí el río, como siempre, donde comenzaba a ensancharse parecía un dulce camino fluido, y lo era. Después de un corto periodo de tiempo llegué a mi destino, el hermoso peral sabio. El peral que me había visto nacer en un día especial. Gaia lo nutría con fuerza y voluntad. La mano del enemigo mortal de la madre tierra no había acabado con ese pedazo de su cuerpo, con ese pedazo de lo que sentía mío propio. El peral era grande, viejo, al llegar incluso sin cuerpo podías tocar su espíritu fuerte, casi de roble, el sagrado árbol.
Su alma, una dríada hermosa, de belleza amazona, salió esta vez de él, mirándome, alargando un brazo para rozarme el rostro astral que la miraba asombrada. De todas mis experiencias esta era la primera vez que se había dignado a salir de su caparazón físico, imitándome en mi juego.
Escuché un suave susurro lento, pausado. La dríade me mostró unas imágenes, en ellas aparecía un hombre que firmaba algún trato con otro. Gaia estaba cansada de la corrupción de sus hijos. El árbol con el que hablaba caería por esa corrupción. La dríade sonrió pesadamente. No sabía qué construirían en lugar de su cuerpo, pero la matarían, la asesinarían por dinero, eso era lo que contaba para ella, y para mí.
Me mostraba esto porque sabía que yo acudía casi todas las noches a sentirla, ahora mi libertad se sentía cortada, cohibida, como la libertad del mundo. Deseaba que aquello que predicaba Mago de Oz, un grupo de música que gustaba de escuchar, se hiciera realidad:
Aparecieron en su mansión
Un ciervo anciano y un halcón,
Un bosque quemado y un sauce llorón
Esto es un juicio y este el tribunal
Que ha de condenar tu usura
El ozono es el fiscal y una ballena el juez
Un río contaminado en pie
Hace pasar al jurado
Formado por la justicia, el amor
Y algún pez.
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Busca una nutria a su amor y ve
Que lo acaban de asesinar
Ha muerto a golpes de sin razón
Solo querían su piel
Y no entiende porqué, si ellos tienen piel
Matan por otra tener
Le intenta despertar, pues va a amanecer
Y han quedado en ver salir el sol
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Has de pagar y este tribunal
Te condena a un árbol ser
Y cuando tengas sed, sólo de beber
Lluvia ácida tú tendrás
Y la nutria lloró, pues vio que su amor
De nuevo tenía piel
Y el sol se despertó y corrieron a ver
Un nuevo amanecer...
¡¡Y el mar sonrió!!
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Cuentan que tras una tormenta ayer
El viento derribó a un árbol y que su tronco, de casa sirvió a un castor
Pero me di cuenta de que aquello que deseaba, la venganza de nuestra Gaia, aunque pudiera considerarse cruel, era imposible. Ella seguiría cuidándonos, amándonos, esforzándose por darnos sus frutos, aunque la belleza de su cuerpo se viese afectada por nuestra polución, nuestro derroche, nuestra incomprensión de lo que verdaderamente es nuestro hogar (y no me refiero a uno de esos pisos de algún edificio). Seguiría haciendo todo eso aun y cuando somos tan pocos los que reivindicamos el deber de sanar sus heridas, el salvar su vida y quizás con ello la nuestra; aun cuando tantos son los que abren grietas en tu piel terrosa, en sus venas de agua clara…
Volví a mi cuerpo no sin antes despedirme, al regresar abrí los ojos a mi mundo como cada día lo veía, el llanto me invadió por el dolor de una madre dolida… “lo siento Gaia”; y casi irónicamente susurré las siguientes palabras en medio de la ira “Perdona, como pidió el Cristo de los cristianos, a aquellos que no saben lo que hacen, a los ignorantes de su propia condena, como siempre haces...”.
Por: Corina Morera Villar
